La obra El milagro de la niña devorada por un colibrí (1960), de Fernando Botero, fue trasladada desde el Museo de Arte Moderno de Barranquilla para decorar el despacho presidencial de Abelardo De La Espriella en el Batallón Paraíso. La pintura, donada por el artista en 2011 con fines de exhibición pública, muestra a un sacerdote que agrede a una menor, lo que ha generado cuestionamientos de críticos de arte tanto por contradecir la voluntad museográfica del pintor como por la aparente contradicción con el discurso moral del nuevo Gobierno.
El origen de la polémica:
A cargo de la obra estuvo la barranquillera Patricia Mejía, la decoradora personal de De La Espriella que transformó un batallón en un elegante despacho presidencial. Como parte del inicio del Gobierno que el mismo presidente llamó La Patria Milagro estuvieron los últimos retoques a su sede presidencial, entre ellos se colgó El milagro de la niña devorada por un colibrí en su despacho. También se sabe que la sede se decoró con obras de Alejandro Obregón y David Manzur.
La polémica no es por la calidad de Botero, sino por el gesto político y museográfico.
¿Qué representa el cuadro?
Según el Museo Nacional de Colombia, la obra es parte de la serie Arzodiabolomaquia y Lección de guitarra, dos monumentales pinturas que hoy alberga el Museo. Su originalidad fue gratificada con el Premio Guggenheim en 1960. Es una aterradora ironía: a Abelardo de la Espriella, el tigre de papel que se dice a sí mismo de fuerza intocable, le cuelgan de fondo, probablemente sin que lo sepa, tres advertencias pintadas por Botero.
Una es la de los obispos caídos, sobre el poder que se cree intocable y no lo es. La otra es la del colibrí que devora a la niña: una fábula sobre la vanidad que consume todo lo que toca, colgada sin ironía consciente en la pared de una oficina que se estrena presumiendo justamente eso, escribió La Silla Vacía.
Botero pintó la obra como una denuncia del abuso de poder de la Iglesia. No es una obra decorativa. Es una obra que acusa.
La contradicción moral:
El problema es doble. Primero, la obra fue donada por Botero con la condición expresa de ser para el museo y para el público, no para un despacho privado. Sacarla del Museo de Arte Moderno de Barranquilla rompe la voluntad del artista y priva a los barranquilleros de su patrimonio.
Segundo, la contradicción moral. Un Gobierno que se presenta como el defensor de la familia, de los valores y de la lucha contra la corrupción cuelga en su despacho principal una imagen que representa el abuso sexual infantil cometido por un sacerdote. ¿Qué mensaje se quiere enviar? ¿Se entendió lo que pinta el cuadro o solo se vio el nombre de Botero como símbolo de estatus?
La Paloma que se fue y el colibrí que llegó:
Es simbólico que, mientras La Paloma de la Paz de Botero, que estuvo en la Casa de Nariño durante los Gobiernos de Juan Manuel Santos y Gustavo Petro, fue retirada al Museo Nacional en julio de 2026 antes de la posesión de De La Espriella, en su lugar llegue una obra que habla de la niña devorada. Se va el símbolo de la reconciliación y llega el símbolo del abuso.
La pregunta cultural que queda es si la Casa de Nariño es una galería privada o la casa de todos los colombianos. Y la pregunta moral es si se puede usar una denuncia de abuso infantil como decoración de poder.
Editor: Fer Bothía | Columna Cultural – Ágora Digital – 12 de octubre de 2026

